Caras Cansadas | SANDRA BARNEDA | WEB OFICIAL | Periodista. Presentadora de Tele5. Escritora
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Caras Cansadas

Caras cansadas, serias, pensativas, dormidas. Figuras dispares, rostros que coinciden en el tiempo muerto, de espera, para llegar a algún lugar. Están en el metro, todos apelotonados, concentrados bajo tierra, en una cueva metálica que se mueve por túneles inorgánicos. Muchos de ellos comparten cada día un trayecto. Han dejado de ser meros desconocidos. Han intercambiado miradas, pero ninguna palabra.

Ernesto, sentado en la esquina del último vagón, mueve el pie izquierdo compulsivamente. Cierra el libro incapaz de abstraerse. Es un manual técnico sobre la programación por ordenador. Una gota de sudor desciende en picado por su rostro. El aire se ha vuelto a estropear y la condensación humana hace insoportable la permanencia en el lugar. Él también espera, pero no para salir de allí. La espera a ella. Siempre a la misma hora, en la misma estación. No es más que una desconocida, pero de la que cree que se ha enamorado. Son las 11 de la mañana y el tren se detiene en Embajadores. Siente como la camiseta se le suelda en la piel. Por impulso, se pasa la mano entre el cabello mientras la otra aprieta con fuerza el libro. Por encima de sus gafas de diseño, la ve llegar. Tiene un semblante serio, quizás no tenga un buen día. Ernesto pone el cronómetro de su reloj a funcionar. Tiene veinte minutos. 1200 segundos para invitarla a un café y no salir sólo de allí.

Marta tiene mucho sueño aquella mañana. Otra vez se le ha pegado la almohada y ha salido zumbada de casa, sin la imprescindible dosis de cafeína en el cuerpo. El día ha comenzado torcido y teme que no sea más que un presagio de cómo puede terminar. Ernesto ha vuelto a abrir el aburrido manual. Necesita concentrarse unos segundos y recuperar la lucidez mental, ahora bloqueada. Está muy cerca de ella. Percibe que se le ha olvidado rociarse de Poeme, su perfume. Habrá salido con prisas. Marta lleva tiempo esperando ese día, pero tiene miedo de lo que pueda pasar. Se juega un sueldo para toda la vida. En un par de horas sabrá si ha pasado las oposiciones de profesora de inglés. Mira su reloj y levanta la vista para intentar distraerse. A su lado, una mujer hojea el Hola y un chico con auriculares escucha música a todo volumen. Suena a Alejandro Sanz. Le sorprende que un modernillo con piercings se identifique con las baladas del andaluz. Quizás quiera sorprender a su chica, aprendiéndose una de las letras de memoria. Sentado en una esquina ve al geniecillo distraído. Hoy va vestido informal, con unos básicos y una camiseta azul. Debe tener el día libre. No acerca a verle el rostro, tapado por otro de los tantos manuales sobre informática que siempre lee. Parece tímido porque nunca ha sido capaz de aguantarle la mirada.

Muchos días se ha percatado, que la observa de reojo, pero cuando Marta levanta la vista, él la baja y nervioso, prosigue con la lectura. Ernesto presiente que ella se ha dado cuenta de su presencia. Armado de valor levanta la cabeza y la mira. Siente que le falta el aire pero aguanta el tipo. Tiene unos ojos verdes preciosos, una piel blanquecina casi, rosada que le da un aire angelical. Marta sonríe. Ernesto, muerto de vergüenza, gira la cabeza buscando a la desesperada un foco de atención. Por suerte, acaba de entrar en el vagón una pareja de músicos ambulantes. Marta se anota el primer Round. Parece que su Einstein está dispuesto a jugar. Guitarra en mano, la mujer comienza a cantar No puedo estar sin ti de Rosana. La mayoría de los pasajeros retoman la lectura y poco a poco dejan de mirar. Ernesto siente que la letra de la canción le puede ayudar a decirle a Marta lo importante que se ha convertido en su vida. Marta tararea por dentro, le encanta Rosana.

Ernesto vuelve a la carga. La observa detalladamente, sin demasiado descaro, pero con la intención de enseñarle que se siente atraído por ella. La canción ha puesto a Marta romántica. Mira a Ernesto y le da un repaso de arriba abajo. Rosana la está poniendo en evidencia porque se le escapa la risa tonta. Siempre le ha atraído ese chico. Ernesto también sonríe, pero sin apartar la mirada ¿Cómo se llamará? ¡Espero que no tenga novio! La megafonía del metro anuncia la próxima parada. Quedan dos para que finalice el encuentro. Ernesto se levanta, se coloca frente a una de las puertas como si se dispusiera a bajar. Se apoya en la barra metálica y la vuelve a mirar. Apenas les separa medio metro. Marta se aferra más a la barra. Siente una extraña tristeza porque intuye que el geniecillo se va. Nunca hasta ahora él había salido del vagón antes que ella. Le gustaría saludarlo y preguntarle su nombre. Ernesto no se atreve a soltar palabra. Queda poco tiempo y no sabe que hacer. Saca apresuradamente del bolsillo del pantalón un bolígrafo. En la última página del libro comienza a escribir. Marta le mira curiosa, quizás haya encontrado la solución a un problema informático. Ernesto levanta los ojos y con el bolígrafo en la boca, gira el libro hacia ella y le muestra una solapa escrita. Me llamo Ernesto y me encantaría tomar un café contigo. Dime con la cabeza si tengo alguna oportunidad. Marta, muerta de la vergüenza, es incapaz de levantar la vista de las letras. No sabe que hacer. Le acechan las dudas, siente como el pulso se le ha acelerado y sus manos se han empañado de sudor. Quiere conocerlo, pero no se atreve. Piensa que es todo una locura sin sentido. El megáfono anuncia la llegada a Rios Rosas. El metro se detiene y las puertas se abren. Marta le mira, observa la tristeza en los ojos de Ernesto. Mira su reloj y precipitadamente se dirige a él.

-Es mi estación.

Ernesto no suelta palabra

-Tengo media hora, si quieres podemos tomar un café en algún sitio de por aquí.

Marta desciende del vagón y sonríe al ver que Ernesto también. El metro se pone en marcha y prosigue su viaje. Marta y Ernesto, comienzan a hablar fundiéndose entre la muchedumbre.



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