¡Feliz Navidad! ¿Feliz Kitsugi? | SANDRA BARNEDA | WEB OFICIAL | Periodista. Presentadora de Tele5. Escritora
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¡Feliz Navidad! ¿Feliz Kitsugi?

Es tiempo de hablar de Navidad, época en la que, a parte de reportarnos felicidad enlatada, aviva las cicatrices del alma. Con el tiempo llegamos a ser como un jarrón antiguo reconstruido pedazo a pedazo que luce orgulloso en una estantería. Nosotros no lo miramos así, pero el jarrón brilla más que nunca.

Quizás debiéramos practicar el arte del Kitsugi: reparar la cerámica con resina de oro para que la cicatrices sean el tesoro a lucir. La perfección nada en la nada, como el cuadro en blanco, como quien decide meter su corazón en una urna de cristal. La heridas son nuestros ríos emocionales que llevan corriente de sabiduría y la vid de nuestra esencia. No hay logro sin fracaso, no hay crecimiento sin intentarlo, una y mil veces. No hay hallazgo sin búsqueda, sin caídas y pérdidas en mil y un espejismos de pasión marchita. La Navidad nos lleva a lamernos nuestras propias heridas y perdernos en el tránsito de una melancolía en solitario. A ver el vaso medio vacío, a practicar la felicidad postiza para agradar y desagradarnos. En Navidad tratamos de esconder nuestras miserias, que son tan nuestras, como nuestras riquezas. Pero su espíritu es tan fuerte que, en contra de nuestra voluntad, las termina sacando a flote. Si no las sabemos llevar como la aceptación de lo nuestro, nos arrastra a un pozo confortable para nuestra mente y alma.

Para el Kitsugi, las fracturas y reparaciones forman parte de la historia de un objeto y deben mostrarse en vez de ocultarse. Lo mismo nos ocurre a nosotros y nuestra historia pero nos resistimos a ver nuestras heridas como algo bello y no como algo para avergonzarnos. Nuestras cicatrices nos definen, son las que terminan pintando nuestro cuadro en blanco y por ellas estamos forjados. Lo mismo nos ocurre cuando miramos al de en frente. Nos cuesta asimilar sus defectos, sus fisuras, sus cicatrices …incluso le invitamos a que las borre, las elimine sin darnos cuenta que le pedimos que de la espalda a una parte imprescindible de su ser. La cicatrices son imborrables y, al igual que las físicas, cada cierto tiempo, duelen de nuevo porque desean recordarnos que existen, que nos acompañan y nos protegen.

¿Y para si Navidad practicáramos todos el Kitsugi? Quizás pisaríamos más el suelo, aunque no estuviera resplandeciente y le quitaríamos el engañoso celofán a la Felicidad y sonreiríamos al contemplarnos. Esta Navidad, acaricia tus heridas.

¡Feliz Kitsugi!



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