Fuegos, juegos, petardos y primeros amores | SANDRA BARNEDA | WEB OFICIAL | Periodista. Presentadora de Tele5. Escritora
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Fuegos, juegos, petardos y primeros amores

La noche más corta del año: cenas con amigos, saltos en la hoguera y ruidos de petardos. La noche de Sant Joan tiene un olor especial en mi vida. Tanto como Nochevieja, puesto que al fin y al cabo son dos noches hermanadas en quemar lo viejo y pensar en todo aquello que deseas atraer o que llegue a tu vida. Dos noches en las que he pasado de desear salir, a irme de fiesta y llegar a las mil; a cenar con amigos y en alguna casa.

Mis noches de San Joan con mis amigos del camping: Isra, Joan y David

Pero este post de ‘Mi Diario’ es para recordar mis noches de Sant Joan; de pequeña las pasaba con mis amigos del cámping en Blanes y, era una noche pandillera; donde nos medíamos con otros grupos en una especie de batalla de petardos ¡locuras de niños! Mientras los adultos pasaban la velada en una cena grupal, con vino, cava y la tradicional coca de Sant Joan de frutas confitadas o piñones, nosotros nos íbamos con el pedazo de coca en la boca, a encontrarnos en un descampado con otros grupos para lanzar petardos.

Los petardos siempre me han dado miedo. Lo reconozco; yo era de las que cerraba los ojos, me metía los dedos en las orejas y esperaba que el llamado trueno petara con fuerza. Íbamos equipados: nada de pantalón corto o camiseta de tirantes, siempre cubiertos para evitar quemaduras. Recuerdo con susto todavía como un par de chinos –otro tipo de petardos- se me colaron dentro de la bota y me la agujerearon. Mi pie no sufrió pero el pánico fue tremendo. Sólo a mi se me ocurrió la idea de ponerme botas de agua para protegerme pues, tal y como sucedió, era sencillo que, por el espacio entre mis canillas y la bota, se convirtiera en una maravillosa canasta para petardos. No voy a negarlo que había momentos estrella de la noche, aunque recordarlo me de cierto pudor. La explosión con la mayor caca de perro encontrada era uno de los números de la noche; era requisito imprescindible encontrar una caca digna de ser explosionada y eso no era tarea fácil. Procedíamos a inspeccionar la zona con linternas y cuando encontrábamos la adecuada, preparábamos con sumo cuidado la operación: Petardos, de mecha corta, -requisito imprescindible- y buenos pulmones para la huída. Todos acudíamos al encendido y, al mismo tiempo, echábamos a correr divertidos para evitar salpicaduras. Luego nos daba la risa con la tontería de que a alguien le podía haber llegado la caca y, señalándolo, proferíamos un sinfín de exclamaciones del tipo -¡Eggs! ¡Puajjj! ¡ Ahhhh! ¡Oooooooghh! ¡Eeeeeeeggggs-

Seguíamos la noche con explosiones a latas, botellas de agua o entre montones de arena. Cuando las municiones se habían agotado, volvíamos satisfechos por la batalla librada y con la adrenalina marcando máximos. Reconozco que lo pasé en grande aunque mis petardos preferidos siempre han sido las llamadas ‘yufas’ o ‘palomitas’ que tiraba al suelo y sabía que no había peligro de nada, aunque se me metiera en la bota.

Las noches de Sant Joan, con el tiempo, se volvieron más pícaras. Menos petardos, más hogueras y, los primeros y últimos calimochos de mi vida. Una mezcla explosiva también que me dejó estirada en la playa con una embolingada difícil de olvidar. Nos creíamos mayores y vivíamos con intensidad nuestras primeras fiestas como si no hubiera mañana. En el fondo era así: no pensábamos en el mañana porque el momento presente era lo más fascinante de nuestras vidas. Eran experiencias nuevas, sensaciones distintas y demasiados frentes abiertos como para pensar en el mañana. Los primeros besos, ligues de verano, baños desnudos en la playa, confesiones en la hoguera y, por qué no decirlo, las primeras broncas por llegar a casa más tarde de lo acordado y con aliento a calimocho y cigarrillos.

Nos creíamos mayores y el paso del tiempo nos fue dando la razón. Por el camino se perdieron los petardos, los calimochos y las hogueras en la playa. La fiesta estaba en las discotecas con la música alta y las ganas de atravesar la noche hasta que se hiciera de día. Sabíamos como empezaba la noche, pero no donde terminaba ¡La noche mágica! De meigas, de brujas… Durante unos años me dio por dejar la tradición de quemar lo antiguo y desear lo nuevo; quemaba la noche sin más sentido que divertirme. Había llegado a Madrid y, pocos eran los que deseaban acompañarme en la hoguera y la tradición de saltar siete veces. Así que la vivían la memoria sin más, recordando aquellos maravillosos años de calimocho, playa, fuegos artificiales y hogueras.

El tiempo también me hizo más reivindicativa así que, hace unos años decidí, estuviera donde estuviera, recuperar la tradición de vivir la noche más corta del año, entre amigos y realizando los rituales tradicionales. Requisito imprescindible una buena cena en casa propia, en la de amigos o en alguna alquilada en plena naturaleza. Escribir en un papel aquello que deseas que se vaya y quemarlo en la hoguera o en el fuego improvisado. Escribir en otro papel los deseos que quieres que se cumplan y guardarlos hasta la próxima noche de San Joan para comprobar si se han cumplido.

Charlas, risas, buena música y disfrutar sin más. Es una noche que me arranca sonrisas, ternura de momentos compartidos, nostalgia de aquellos baños de verano en cueros cerca de quien te gusta. Una noche para volver a ser niña y creer en los deseos. En el todo es posible, incluso que se pare el tiempo y, aunque se la más corta del año, se convierta en infinita.

¡Feliz Noche de Sant Joan!

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