Aporofobia | SANDRA BARNEDA | WEB OFICIAL | Periodista. Presentadora de Tele5. Escritora
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Aporofobia

Me gusta jugar con las palabras. Me gustan las palabras. Hace muy poco, en una entrevista, no recuerdo por qué me preguntaron qué palabra era la que más me gustaba en castellano. A mi, cuando se trata de elegir, mi temperamento indeciso se pone a temblar, y el exigente se molesta y entra en bucle ¿La que más? ¿La que más?… Termino saliendo del paso, diciendo la primera que me viene a la mente y me resuena bonito. La elegida en este caso fue VIDA porque dice mucho en pocas letras. De pequeña decía que las palabras muy largas traían siempre mala cosa por eso necesitaban más letras que las otras. Una teoría de una niña pequeña de esas que te hacen sonreír aunque no tengan sustento.

Jugando a las palabras he descubierto una de las últimas que ha incorporado la RAE: Aporofobia. La palabra aporofobia, acuñada por la filósofa Adela Cortina, se refiere al rechazo, aversión, temor y desprecio hacia las personas pobres y la pobreza. Un término que define una realidad social existente, terrible. Un sentimiento individual y colectivo que construye -aunque más bien destruye- una sociedad.

Subimos un grado la enfermedad social: ya no sólo rechazamos por raza, condición sexual o religión, también por circunstancia económica. La filósofa valenciana Adela Cortina nos relata en su ensayo llamado “Aporofobia, el rechazo al pobre” (Editorial Paidós) cómo incrementa este rechazo porque ‘nadie habla de los nadie’. Ponerle palabra a los hechos es darle espacio, cabida, quitarlo de la oscuridad, resaltarlo; meterlo en el escenario para poder avergonzarnos, poder hablar de ello y mirar cómo darle solución. No se puede pintar un buen retrato si te faltan los colores y, lo cierto, es que existe la Aporofobia: se deja de mirar al indigente, se pasa por encima lo que menos…y en los extremos se les quema, maltrata o veja simplemente porque el pobre molesta. Lo extraño es que se use tan poco y se hable mucho menos. Seguramente la administración de Trump la habrá apuntado para las próximas palabras que prohíba; como ya hizo con Transgenero, diversidad, feto o vulnerable.

Es muy antiguo el dicho que de lo que no se habla no existe y el huésped de la Casa Blanca lo tiene claro. Nos ponemos las manos en la cabeza con Trump, pero da que pensar cuántos dirigentes habrán hecho lo mismo, prohibir el uso de palabras a sus asesores y no nos habremos ni enterado. Recuerdo cuando el gobierno de Rajoy hizo lo contrario, substituir Crisis por recuperación. Todos los miembros del gobierno metían la palabra hablaran de lo que hablaran. Los titulares de los periódicos comenzaron a recoger el uso y pronto calaría en el consciente colectivo. No es algo nuevo ni único lo que hicieron, lo practican todos con el fin de controlar el mensaje.
Me enseñó mucho de ello, el libro de Lacoff  “No pienses en un Elefante”. El famoso analista político americano escribió este bestseller que llegó a ser libro de cabecera de Obama y explicaba de forma meridiana el uso del lenguaje de los gobernantes. Nuestro cerebro necesita de la palabra para captar el concepto y darle forma; nuestro Código Penal precisa de ella para protegernos de nuevos atentados.

Las palabras, aunque las escupimos sin pensar tantas veces, aunque las despreciamos más que quererlas, son nuestro baluarte. Ellas nos describen, nos definen y son nuestro propio reflejo de hacia donde vamos.



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